Alejandra Pizarnik y su lúgubre manía de vivir


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Por sus versos surrealistas, las circunstancias de su muerte y su carácter depresivo, se ha creado una estrella de mito alrededor de la figura de Alejandra Pizarnik, una de las grandes poetas del siglo XX.

Pizarnik nació en Buenos Aires el 29 de Abril de 1936 en una familia de inmigrantes rusos-judíos. Creció en el barrio La Avellaneda y tuvo una infancia marcada por el recuerdo de la muerte del resto de su familia que pereció en el Holocausto, lo que hizo que ella desde temprana edad sintiera de cerca los efectos de la muerte.

Ya en su juventud llegaría a preocuparse por su independencia económica (que nunca logró), y a pesar de ello, jamás se resignó a buscar un empleo o prepararse para hacerlo. Los padres tuvieron que ser indiferentes en ese aspecto.

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Alejandra en su juventud

Alejandra era una joven con conflictos, a la que había que esperar mientras se prolongaba su adolescencia: acomplejada por su fealdad, su escasa estatura, su tartamudez, su gordura, su acné, su inadaptación y su asma. Es posible que por esta razón, comenzara a ingerir anfetaminas –por las que pronto desarrollaría una fuerte adicción– que le provocaban prolongados periodos con trastornos del sueño, euforia e insomnio. Alejandra padecía lo que se conoce como Trastorno Límite de la Personalidad o Borderline.

Tras el bachillerato, ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, permaneció como estudiante de la facultad hasta 1957, tomando clases de filosofía, periodismo y literatura, pero no acabó sus estudios. También se interesó en el psicoanálisis y comenzó a tomar clases de pintura con el pintor surrealista Juan Batlle Planas.

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Retrato de Juan Batlle Planas

En 1955 publicaría su primer libro La tierra más lejana y con el tiempo fue desarrollando un personaje el cual ella misma llamaría “el personaje alejandrino”donde la clave de su funcionamiento era la juventud, que seguiría siendo su rasgo esencial hasta la muerte, y más allá. Se fue perfeccionando a partir de rasgos espontáneos, todos los cuales se envolvían de una justificación poética, que tomaba la forma de una amplificación metafórica.

Entre 1960 y 1964, Pizarnik vivió en París donde trabajó para la revista “Cuadernos” y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé, e Yves Bonnefoy, y estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona. Allí entabló amistad con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, siendo este último el prologuista de “Árbol de Diana” (1962), su cuarto poemario, en el que ya se refleja plenamente la madurez cómo autora que estaba alcanzando en Europa.

Regresó a Buenos Aires en 1964, publicando sus poemarios más importantes: “Los Trabajos y Las Noches” (1965), “Extracción de la Piedra de la Locura” (1968) o “El Infierno Musical” (1971). En 1969 recibió la beca Guggenheim, lo que le permitió viajar a Nueva York y en 1971 una Fullbright.

Pizarnik reveló su desilusión con su propia obra en una entrada de 1969 en sus diarios: “Mis poemas de ahora están muertos. Siento que nada vibra dentro de mí. Hay una herida y esto es todo. Pero se cumple en un lugar donde el lenguaje no parece necesario”.

A partir de ese momento, Alejandra comenzó a reflejar en sus próximas obras un desazón por lo que hacía y por la vida misma, lo cual la llevaría al suicidio en 1972, durante una salida de fin de semana del hospital psiquiátrico en el que estaba internada. Alejandra muere el 25 de septiembre a la edad de 36 años por una sobredosis de Seconal. Su personalidad y sus emociones la llevaron a formar parte de la lista de los poetas suicidas e ingresar a esa galería de espectros, añadiendo una etiqueta más a su obra.

Lo que más caracteriza la poesía de Alejandra, es el uso de imágenes ilógicas y oníricas. También emplea el simbolismo, lo cual muestra la influencia de los simbolistas franceses que leyó en su adolescencia, incluyendo a Rimbaud, Verlaine, Mallarmé y Lautremont. Las imágenes surrealistas y los símbolos ilustran los siguientes temas que aparecen frecuentemente en su obra: La muerte, el silencio, la infancia y la orfandad, la enajenación, el ensimismamiento, el desdoblamiento del yo y la angustia existencial.

Mendiga voz
Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.
En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

De Alejandra queda una vasta obra a pesar de su corta vida: un extenso poemario, así como muchos escritos y relatos cortos surrealistas, y alguna novela breve. Después de su muerte se publicaron seis obras: El Deseo de la Palabra en 1975, Textos de Sombra y Últimos Poemas en 1982, Zona Prohibida en 1982, Prosa Poética en 1987, Poesía Completa 1955-1972 en el 2000 y Prosa Completa en el 2002.

La poesía es un camino para pocos, está hecha para aquellos que sienten una infinita necesidad de desgarrar sus pensamientos a través de los versos, por eso como ella dijo “Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En ese sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.”

Vida y obra de Alejandra Pizarnik

Recopilación de sus mejores poemas

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